26 días atravesando dos Chinas: robots, hardware y una feria de IA por un lado; aldeas, montañas y terrazas por otro. Y una pregunta sencilla: ¿cuánto de la China tecnológica que vemos en Internet existe de verdad cuando te plantas allí?
Estoy pro IA hasta las trancas y, a la vez, agotada del ruido que la rodea. Así que me voy a China 26 días a ver con mis propios ojos la IA que sale de la pantalla —robots, hardware, una feria— y, en el mismo viaje, la China que queda lejos de un Apple Store: aldeas, montañas y terrazas. Ruta de norte a sur, mochila casi vacía y una sola fecha ancla: la China Hi-Tech Fair de Shenzhen, del 26 al 28 de noviembre de 2026. No voy a confirmar Internet. Voy a ver qué hay cuando Internet se acaba.
Estoy cansada de la inteligencia artificial.
Ya está. Lo he dicho.
Y tiene bastante gracia porque trabajo con ella todos los días, monto sistemas con ella, pruebo modelos, construyo agentes de voz, automatizo procesos, investigo herramientas y probablemente pase más horas hablando con máquinas que con buena parte de la raza humana.
Además me encanta.
Soy pro IA hasta las trancas.
Pero últimamente me aburre muchísimo casi todo lo que encuentro alrededor de ella.
Abro LinkedIn y cierro LinkedIn.
Leo diez publicaciones y nueve parecen escritas por la misma persona.
Entro en X, YouTube o cualquier sitio donde se esté hablando de inteligencia artificial y vuelvo a encontrarme la herramienta de esta semana, el agente definitivo, la automatización que supuestamente trabaja mientras duermes, una captura de pantalla, cuatro frases enormes y alguien explicándome que dentro de seis meses mi trabajo habrá dejado de existir.
Estoy agotada.
No de la tecnología.
Del ruido alrededor de la tecnología.
Porque a mí la tecnología me sigue poniendo muchísimo.
Desde pequeña.
Los ordenadores, los teléfonos, desmontar cosas, probar cacharros, descubrir para qué sirve un botón que nadie toca, conectar una cosa con otra, las telecomunicaciones, los gadgets, la robótica…
Dame un juguetito tecnológico y soy feliz.
Y hay una parte de la inteligencia artificial que todavía me provoca exactamente esa sensación.
La que sale de la pantalla.
La que tiene motores. Sensores. Cámaras. Brazos. Ruedas.
La que habla, ve, se mueve, manipula objetos o entra en una fábrica.
La que deja de ser una pestaña del navegador.
Quiero ver esa IA.
Quiero ver robots. Quiero ver fábricas. Quiero entrar en tiendas de electrónica. Quiero ver qué están construyendo. Quiero tocar botones. Quiero perderme entre componentes que no sé para qué sirven.
Quiero ver si toda esa China de los vídeos que supuestamente «vive en 2050» existe de verdad o si también hemos construido alrededor de ella otra película para Internet.
Y hay una sola forma que conozco de averiguarlo.
Ir.
Así que sí.
Me voy a China y no hay nada más que hablar.
Nada de maleta de ruedas ni itinerario de banderitas. Solo lo justo para poder mirar, trabajar si hace falta y perderme si toca.
No me voy a China con una maleta de ruedas y un itinerario de banderitas.
Me voy con una mochila. Lo más vacía que pueda. Mi móvil. Mi ordenador configurado hasta las tripas para poder trabajar si hace falta.
Y una ruta que quiero que tenga dos Chinas completamente distintas.
Por un lado:
Pekín. Shanghái. Shenzhen. IA. Robótica. Hardware. Megaciudades. Trenes. Rascacielos. Tecnología.
Y por otro:
Guizhou. Yunnan. Aldeas. Montañas. Terrazas. Comunidades rurales. Mercados. Caminos. La China que queda lejos de un Apple Store.
En medio voy a meter Zhangjiajie porque, francamente, después de ver esas montañas durante años no pienso cruzarme medio planeta y dejarlas fuera.
Y terminaré probablemente en Hong Kong.
Ese es el mapa.
No quiero hacerlo deprisa. Tampoco quiero visitar veinte ciudades para decir que he estado en veinte ciudades.
Quiero tener tiempo para mirar.
Leer, mirar mapas, romper rutas, volverlas a montar y preguntar muchísimo. Y, desde hace poco, mis IAs.
Aquí tampoco he cambiado demasiado con los años.
Antes de viajar leo muchísimo. Mapas. Blogs. Foros. Vídeos. Documentales. Experiencias de gente que ha ido por libre.
Intento encontrar especialmente a viajeros que huyen del turismo enlatado porque normalmente son los que terminan dejándome las pistas que me interesan. Un autobús que nadie menciona. Una aldea. Un camino. Un mercado. Un alojamiento pequeño. Un sitio al que cuesta un poco más llegar.
A eso ahora se han sumado mis IAs.
Y esta parte me hace gracia. Porque probablemente sepan mejor que nadie qué tipo de viaje no me gusta.
Saben que puedo estar delante de un monumento famosísimo y aburrirme soberanamente si siento que estoy haciendo una cola para reproducir exactamente la misma fotografía que hay otras 400.000 veces en Instagram.
También saben que dame una carretera, una montaña, un pueblo donde no entiendo absolutamente nada y unas horas sin tener muy claro dónde voy y me lo estoy pasando estupendamente.
Así que llevo días haciendo lo que hago siempre: leer, mirar mapas, romper rutas, volverlas a montar, comparar distancias, descubrir sitios y preguntar muchísimo.
Y de todo ese follón ha salido esto.
Siete paradas de norte a sur. No es circular, ni falta que hace. Y una fecha que manda sobre todo el recorrido.
La idea es empezar por el norte y después ir entrando en una China completamente distinta conforme avance el viaje.
Hay, además, una fecha que condiciona una parte importante del recorrido: 26, 27 y 28 de noviembre de 2026.
Esos días quiero estar en Shenzhen. Y ahora te cuento por qué, parada a parada.
Norte · Historia imperial y megaciudad · 3–4 días · después, tren a Shanghái.
Pekín es probablemente el único sitio del viaje que no quiero retrasar demasiado.
Voy entre noviembre y diciembre y no tengo ninguna necesidad de demostrar que aguanto un invierno pekinés.
Quiero conocer la capital. La Ciudad Prohibida. La Gran Muralla. Los hutongs. Caminar. Comer. Mirar.
Y empezar allí precisamente porque representa una de las capas que quiero entender de China: una ciudad donde conviven la historia imperial, el poder político y una metrópolis gigantesca.
No quiero hacer Pekín corriendo. Estoy calculando aproximadamente tres o cuatro días, aunque eso todavía puede moverse.
Y desde allí: tren hacia Shanghái.
Este · Megaciudad, Pudong y The Bund · y después, exactamente lo contrario.
Aquí cambia la película. Completamente.
Pudong. The Bund. Rascacielos. Metro. Comercio. Tecnología. Barrios antiguos metidos entre edificios que parecen pertenecer a otra ciudad.
Quiero caminar Shanghái muchísimo. De día y de noche.
No me interesa solamente subir a un edificio para hacer la foto del skyline. Quiero verla funcionar.
Y después de unos días en una de las megaciudades más conocidas del planeta, quiero hacer exactamente lo contrario. Salir de ahí.
Hunan · Naturaleza bestia · Patrimonio Mundial de la UNESCO · 2–3 días.
Vale. Aquí voy de turista. Y tan tranquila.
Porque hay sitios que pueden estar llenos de gente y seguir mereciendo la pena.
El área paisajística de Wulingyuan, en Hunan, ocupa más de 26.000 hectáreas y contiene más de 3.000 pilares y picos estrechos de arenisca de cuarzo, muchos de más de 200 metros.
Es esa locura. Montañas verticales. Niebla. Bosques. Pasarelas. Teleféricos.
Aquí no voy buscando la China profunda. Voy buscando naturaleza bestia.
Dos o tres días y seguimos. Porque a continuación empieza probablemente la parte del viaje que más ganas tengo de ver.
Qiandongnan · La China rural, aldeas Miao y Dong · 5–6 días como mínimo.
Guizhou apareció mientras preparaba el viaje. Y cuanto más leía, peor.
Porque empezó siendo «podría estar bien pasar por aquí» y ha acabado convirtiéndose en: ni se te ocurra quitarme Guizhou.
No porque sea desconocida. Eso sería absurdo decirlo. Hay turismo. Hay pueblos famosos. Hay sitios preparados para recibir visitantes.
Pero la escala rural de esta provincia es otra historia.
Guizhou figura actualmente con 757 pueblos incluidos en la lista nacional de aldeas tradicionales de China.
No necesito verlos todos. Con que me dejen cinco buenos me apaño.
Quiero moverme por la zona de Qiandongnan, entrar por Kaili y después ir decidiendo la ruta entre aldeas Miao y Dong.
Tengo varios nombres encima de la mesa: Langde. Zhaoxing. Congjiang. Basha. Y pequeñas aldeas alrededor.
Pero aquí precisamente no quiero cometer el error de convertir mi búsqueda de autenticidad en otro checklist.
No quiero «las cinco aldeas más auténticas de Guizhou». Qué horror.
Quiero establecer unas bases, entender los transportes y tener margen para cambiar. Si encuentro un sitio donde estoy a gusto, me quedaré. Si resulta que un pueblo que parecía maravilloso en Internet es un parque temático, cojo la mochila y sigo.
Esta parte del viaje quiero que tenga espacio. Cinco o seis días como mínimo.
Sur · Yuanyang, Jianshui y Xishuangbanna · bajando hacia el sudeste asiático.
Yunnan tampoco sale.
Hubo un momento preparando la ruta en el que nos entendimos mal y parecía que iba a quitarla. Ni hablar.
Pero tampoco quiero hacer exclusivamente el circuito típico de Yunnan. Dali. Lijiang. Shangri-La. Foto. Siguiente.
De hecho, Shangri-La la he eliminado. Entre la altitud, el frío de la época del año y el desvío hacia el norte, prefiero utilizar esos días para bajar.
Mi Yunnan está mirando al sur. Y hay un sitio que está prácticamente marcado en rotulador.
Las terrazas Hani de Honghe son Patrimonio Mundial. Y aquí sí merece la pena detenerse un segundo porque no son simplemente «unos arrozales bonitos para Instagram».
El paisaje protegido ocupa 16.603 hectáreas en el sur de Yunnan y es el resultado de un sistema desarrollado por el pueblo Hani durante unos 1.300 años, conectando bosques, aldeas, canales de agua y terrazas agrícolas.
Eso es lo que quiero ver. No un decorado. Un paisaje construido durante generaciones que continúa teniendo una función.
También tengo apuntado Jianshui. Y luego quiero seguir bajando. Hasta Xishuangbanna.
Esto ya es otro paisaje. Sur de Yunnan, frontera con el sudeste asiático, clima subtropical y una fuerte presencia de población Dai.
Es una prefectura autónoma Dai situada en el extremo sur de Yunnan, junto a Laos y Myanmar.
Aquí quiero terminar la parte rural del viaje de una forma completamente diferente a como empezó. De Pekín al sur subtropical. Eso sí me mola.
Sur · Tecnología, hardware y robótica · después de aldeas y arrozales, la otra cara del viaje.
Después de aldeas, arrozales, mercados y carreteras rurales voy a hacer una pequeña salvajada mental: Yunnan → Shenzhen. Y aquí empieza el otro viaje.
Si todo esto empezó porque quería ver tecnología de verdad, Shenzhen no podía ser una parada de dos tardes. Quiero dedicarle tiempo.
La ciudad tiene planes públicos específicos para acelerar la industria relacionada con inteligencia artificial y ha puesto especial foco en embodied intelligence, la rama que conecta modelos de IA con sistemas físicos y robótica.
También quiero ver electrónica. Hardware. Robótica. Tiendas. Empresas. Cacharrear.
Y, sobre todo, voy con una fecha escrita en rojo.
26–28 de noviembre de 2026 · Shenzhen. La única fecha que trato como ancla cerrada de todo el viaje.
Esto sí está confirmado. La 28th China Hi-Tech Fair (CHTF) se celebrará del 26 al 28 de noviembre de 2026 en el Shenzhen World Exhibition & Convention Center, en Bao'an.
Y esta feria no la he elegido porque lleve «AI» escrito enorme en una lona. El programa oficial incluye áreas relacionadas con Artificial Intelligence, Robotics y Smart Manufacturing, entre otras tecnologías.
Y sí. Probablemente voy a entrar el primer día a las nueve de la mañana y me tengan que sacar de allí. Porque esto es exactamente lo que quiero ver.
No quiero que alguien me explique mediante veinte slides lo que hará un robot dentro de cuatro años. Quiero verlo.
Quiero ver qué productos han llegado a exposición. Qué empresas aparecen. Qué problemas están resolviendo. Qué es demo. Qué parece preparado. Qué tiene sentido. Qué no. Qué se está vendiendo. Qué se está construyendo.
Y qué parte de la China tecnológica que vemos desde Europa existe cuando te plantas delante.
Ese capítulo del artículo, evidentemente, no puedo escribirlo todavía. Ese lo escribiré desde Shenzhen.
Cierre · Oriente y Occidente · Victoria Harbour de noche y las notas de casi un mes.
Y después de Shenzhen: Hong Kong.
Muy cerca geográficamente. Y, sin embargo, otro cambio.
Quiero terminar allí porque me parece un cierre bastante bonito para este recorrido. China continental detrás. El mar delante. Una mezcla cultural completamente distinta.
Comer. Caminar. Mirar Victoria Harbour de noche.
Y probablemente sentarme en algún sitio con el ordenador, abrir todas las notas que haya acumulado durante casi un mes y empezar a escribir.
Porque sé perfectamente lo que va a pasar. Voy a salir con cientos de fotografías. Miles, siendo realistas. Vídeos. Audios. Notas. Capturas. Conversaciones.
Ideas para Mugen. Ideas para artículos. Cosas que haya visto en una feria. Otras que haya visto en un pueblo perdido y que no tengan absolutamente nada que ver con IA.
Y probablemente alguna obsesión nueva.
Separar tres cosas que en Internet mezclamos constantemente.
Esto para mí es importante.
No quiero ir buscando pruebas de que China tecnológicamente es maravillosa. Ni pruebas de lo contrario.
Tampoco voy a escribir antes de subir al avión el artículo que quiero publicar cuando vuelva. Eso sería hacer trampas.
Quiero mirar. Comparar. Preguntar cuando pueda. Probar. Y separar después tres cosas que en Internet mezclamos constantemente:
Lo que existe. Lo que funciona. Lo que queda espectacular en vídeo.
Porque pueden ser tres cosas diferentes.
Y quizá vuelva pensando que algunas cosas que daba por hechas eran una exageración. Perfecto.
O quizá vea sistemas funcionando de una forma que ahora mismo ni siquiera tengo encima de la mesa. Mejor todavía.
Eso es viajar.
La parte menos tecnológica del artículo.
Estoy cansada. Mucho.
Este último año he trabajado una barbaridad. He construido. He aprendido. He probado modelos hasta aburrirme. He hablado sobre inteligencia artificial hasta quedarme seca. He leído papers, documentación, newsletters, actualizaciones, comparativas y publicaciones.
He utilizado ChatGPT. Claude. Codex. Gemini. APIs. Agentes. Automatizaciones. Telefonía. Voz. Prompts. Skills. MCP.
Y llega un momento en el que necesito levantar la cabeza de la pantalla. No dejar de aprender. Aprender de otra forma.
Por eso me hace tanta gracia que el viaje termine mezclando exactamente mis dos extremos. Tecnología y montaña. Robots y arrozales. Shenzhen y una aldea de Guizhou. Un pabellón lleno de inteligencia artificial y dos días después una carretera en mitad de ninguna parte.
Probablemente ahí estoy bastante bien explicada.
La IA puede ayudarme a preparar el viaje. No quiero que me lo mastique.
Por supuesto que estoy utilizando inteligencia artificial para preparar esto. Sería bastante ridículo decir lo contrario. La estoy usando muchísimo.
Para comparar rutas. Investigar lugares. Buscar conexiones. Cruzar información. Detectar errores. Construir mapas. Ordenar todo lo que voy encontrando.
Y seguiré utilizándola durante el viaje.
Pero hay una línea que no pienso cruzar. La IA puede ayudarme a preparar el viaje. No quiero que me lo mastique.
No quiero bajar del tren con una lista de «las siete experiencias imprescindibles que debes vivir». No quiero optimizar cada hora. No quiero saber dónde desayunar dentro de diecisiete días.
Quiero perderme un poco.
Porque algunas de las mejores cosas que me han pasado viajando han ocurrido precisamente cuando el itinerario se ha ido al carajo.
A día de hoy, estas son las piezas.
Pekín para empezar por la China histórica y hacerlo antes de entrar más en invierno.
Shanghái para meterme de lleno en una de sus grandes megaciudades.
Zhangjiajie porque esas montañas existen y necesito comprobarlo con mis propios ojos.
Guizhou para bajar el ritmo y entrar en la parte rural.
Yunnan para seguir hacia el sur, pasar por Yuanyang y buscar esa China que cambia otra vez conforme te acercas al sudeste asiático.
Shenzhen para meter las manos en tecnología, robótica y hardware y estar allí del 26 al 28 de noviembre para la China Hi-Tech Fair.
Hong Kong para terminar.
26 días. Una mochila. Mi móvil. Mi ordenador. Y mucho espacio vacío todavía. Deliberadamente.
Lo que de verdad quiero recuperar en este viaje.
A lo mejor después de China vuelvo a abrir LinkedIn con ganas. O no. Tampoco pasa nada.
Pero necesito volver a sentir una cosa que últimamente echo bastante de menos cuando leo sobre IA: curiosidad.
No porque alguien me diga que algo es increíble. Quiero encontrarlo yo. Ver una máquina y acercarme. Descubrir un producto que no conocía. Preguntarme cómo coño funciona. Encontrarme una tecnología que no esperaba.
O llegar a la conclusión de que el famoso robot que llevaba tres semanas apareciéndome en vídeos era bastante menos impresionante cuando lo tuve delante.
Me valen las dos.
Porque precisamente por eso viajo. No para que China me confirme Internet. Para ver qué hay cuando Internet se acaba.
Así que sí. Me voy a China. Y no hay nada más que hablar.
Que quede claro: no te estoy invitando. Me voy sola y no pienso cruzarme con un solo humano si puedo evitarlo. ¡Solo chinos! Muchos chinos.
Pero todo lo que vea allí —los robots, las aldeas, lo que sea puro vídeo y lo que no— acaba aquí. Cuando vuelva, lo escribo.
Fechas y horarios de la CHTF susceptibles de actualización: se revalidan en la web oficial antes del viaje. La ruta es el itinerario previsto, no un plan cerrado: la única fecha tratada como ancla confirmada es la CHTF 2026, 26–28 de noviembre.